ESPAÑOL II
ACTIVIDAD No. 3
Instrucciones.- Lee con atención la siguiente
información y contesta lo que se te solicite. Pega el ejercicio en tu cuaderno.
VARIANTES DIALECTALES DEL ESPAÑOL DE AMÉRICA
UBICACIÓN Y CARACTERÍSTICAS
1.
VARIANTES REGIONALES O REGIONALISMOS
Son las diferentes formas de hablar una lengua de acuerdo con el lugar donde se
usa.
Hay variantes por país, región, zonas determinadas, campo-ciudad.
Variantes: de España, de cada una de las zonas de América, etc.
2.
ZONAS DIALECTALES
1) México y la América Central (Guatemala, El Salvador Honduras, Nicaragua,
Costa Rica, Panamá)
2) Zona del Mar Caribe: las Antillas, la mayor parte de Venezuela y la costa
atlántica de Colombia
3) Zona andina: parte de Venezuela, la mayor parte de Colombia, Perú, Bolivia,
Ecuador, Venezuela y el noroeste argentino
4) Chile
5) Zona rioplatense: la mayor parte de la Argentina, Uruguay, Paraguay.
3.
VARIANTES SOCIALES
Son variaciones de la lengua basadas en:
o
Edad: se llaman generacionales.
o
Jóvenes
o
Viejos
o
Sexo: son variantes de género
o
Clase sociaI
4-INDIGENISMOS, REGIONALISMOS, EXTRANJERISMOS
INDIGENISMOS:
Palabras de lenguas indígenas asimiladas al español.
REGIONALISMOS: Palabras usadas en algunas regiones.
EXTRANJERISMOS: Palabras de otras lenguas integradas al español.
Da una lectura a la información relacionada con el tema
de reflexión y después contesta el siguiente ejercicio:
Ø ¿Qué entiendes por variantes regionales?
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Ø ¿Qué tipo de variantes existen?
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Ø ¿En qué zona dialectal se encuentra México?
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Ø ¿A qué se da el nombre de variantes sociales?
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Ø ¿A qué se da el nombre de extranjerismos?
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Ø ¿A qué se da el nombre de indigenismos?
ACTIVIDAD No. 4
Haz una lectura general al cuento: “La Cruz de Jacinto Rocha” de la
escritora nacida en El Potrero de Villaldama, Nuevo León, Irma
Sabina Sepúlveda.
-Encierra en un círculo las palabras cuyo significado desconozcas y
anótalas en tu libreta.
-Descubre su significado en el contexto y escríbelo en tu libreta.
-Verifica el significado en algún diccionario.
-Socializa la actividad realizada y comparte impresiones con tus
compañeros acerca del cuento.
1- ¿Cuál es el tema del cuento?
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2.- ¿En qué espacio físico transcurre la narración?
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3-¿Cómo es el espacio psicológico que rodea a los personajes de la
narración ?
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4-¿Cómo es el espacio sociocutural
donde se desarrollan los sucesos narrados ?
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5.- -¿Qué características distinguen a Chona Miranda?
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6.- ¿Qué características distinguen a la narradora del
cuento?
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7.- -¿Qué características distinguen al yerno de la narradora?
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8.- ¿Qué características distinguen a la hija de la narradora?
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“LA CRUZ DE JACINTO ROCHA”
IRMA SABINA SEPULVEDA
Esa tarde no se aguantaba el calor. Tuve que poner el metate debajo del nogal para sentir un
poco de aire fresco quería terminar
de moler el pinole que le había
prometido a mi hija para que le revolviera a unos piloncillos.
Me acuerdo que estuve moliendo hasta que empezó
a meterse el sol, y en el rato que vine
a la cocina por un poco de anís, vi
pasar a Juan el cochero que volvía de
la estación con dos pasajeras. Eran
dos mujeres vestidas de negro, envueltas
en unos chales muy gruesos. No pude
verles la cara.
Siempre
que pasaba algún coche, yo corría a cerrar las ventanas para que no
entrara polvo al jacal. Esa tarde no
lo hice. No hubo necesidad.
El coche de Juan pasó sin levantar polvareda. Parecía que las ruedas no rozaban el suelo.
Me asuste de ver aquello, y después de
santiguarme, volví al metate para
seguir moliendo.
Desde ese rato, el
aire se empezó a sentir embalsado,
como clavado en el mismo lugar.
Ni una rama se movía. El campo estaba tan quieto como un paisaje fotografiado. No volaba un solo pájaro, ni se oía más ruido que el que hacía al machacar los grandes tostados.
Estaba
sola.
Mi hija y su marido andaban regando
las labores y no volverían hasta el
amanecer.
Me di prisa para moler lo que me faltaba y cuando entré a la cocina vi
pasar a una parvada de auras pelonas que se paró
en el nogal.
Mi cenzontle empezó a revolotear inquieto, como si viera algo malo. Tuve que taparle la jaula con un trapo para que se sosegara.
Me vine a la chimenea, y mientras calentaba un trago de café, se hizo de noche. Prendí el quinqué y me fui
al jacal grande donde dormíamos.
Era viernes, día en que
a las brujas les gusta convertirse en lechuzas para hacer sus maldades. Ya me pesaba no haberme ido con mi hija a la labor.
Pensé
acostarme tarde. Quería que las
malditas brujas vieran luz en el
jacal y no se arrimaran. Pero no me valió.
Por un
buen rato estuve remendando junto a la lámpara. En eso vi que el gas se estaba
acabando, y me puse a sacudir la
cama. Cuando me estaba desvistiendo,
empecé a oír los aleteos de las lechuzas
que iban llegando.
Eran mas de veinte las
que gritaban y maldecían arriba del jacal.
Algo muy malo se anunciaba.
Cerré las puertas
y ventanas, y cuando todo quedó
oscuro, sentí miles de ojos
amarillentos que se me clavaban.
Temblando
me estiré hasta la repisa del santo
Niño que estaba sobre mi cama y cogí la botella del agua bendita. En ese
rato entró un viento rabioso que empujó la puerta abriéndola de par en
par.
Corrí a cerrarla. La atranqué con una castaña llena da ropa.
No sé de dónde saqué fuerzas para moverla. Me vine
a la cama, y después de rociarla con agua bendita, me acosté. Estuve agazapada
entre las sábanas con los dedos en cruz. Afuera se oían clamores, y un
restregar de cadenas que me ponía
chinita.
El
griterío fue creciendo más y más. La
boca se me llenó de saliva, y cuando quise rezar, no me acordé de nada.
Al rato las brujas andaban adentro del jacal. El corazón me
agujeraba el pecho al sentir sus
alazos sobre mi cuerpo.
La cama empezó a moverse. Entre todas me levantaban hasta el techo. Luego soltaban de carcajadas y me dejaban caer.
Con una
hebra de voz empecé a rezar las Doce
Verdades del Mundo. Mi madre decía que
no había una bruja que las resistiera. Empecé muy bien, pero lo malo fue que el miedo me tapó la memoria y
en la cuarta verdad me atoré.
Era tanta mi congoja,
que no sé de dónde saqué voz para gritarles: ¡Ave María Purísima!
Esa fue mi salvación.
Al oírme, huyeron despavoridas tijereteando el aire con su ruido infernal.
Cuando
las creí lejos, me enderecé. Estaba empapada de sudor y tenía sed. Hice a un
lado las sábanas y me levanté a tomar agua.
Apenas iba cruzando
para la cocina cuando sentí que me rozaba
el cuerpo una sombra alargada que pasó dando gemidos. Estuve sin moverme hasta
que la vi perderse entre la nogalera. Luego corrí a la cama. Ahí estuve
temblando hasta que amaneció.
En la
madrugada, los gritos de mi hija vinieron a levantarme. Llegó asustada porque
acababa de ver que el jacal de “La melga y media” estaba ardiendo. No quise
creerle hasta que me llevó a ver la quemazón.
No había mentido. Las
paredes del jacal de adobes donde vivía la bruja estaban negrando de hollín.
Del techo de palmito no quedaban ni señas. Sólo se miraba el caballete como un
tizón apagado que no tardó en desmoronarse cayendo con gran estrépito.
Largos tirabuzones de
un humo verdoso que daba en el galillo, salían por los agujeros de las puertas
y ventanas elevándose como remolinos. Olía a carne tatemada, a incienso y a
yerbas raras.
Cuando
dejó de humear, mi yerno y otros hombres
entraron al jacal. Nosotros nos quedamos afuera. No tuvimos valor para
meternos.
Al poco rato,
salieron los hombres asustadísimos. Unos tosiendo, otros basqueándose.
Alrededor de la cama
de la bruja, vieron tirados a sus trece borregos negros humeando como
incensarios. Tenían maneas de alambre,
lo mismo que “Caín” el gato consentido de la hechicería. A este pobre animal le
cortaron la cabeza. Dicen que la vieron ensartada en un filoso machete junto a
la cabecera.
Amarrado a los
respaldos de la cama de fierro, estaba el largo esqueleto de “La melga y
media”. Tenía los brazos abiertos y las piernas juntas. Como formando una cruz.
Luego
vieron que de los renegridos dientes de su calavera salía una cosa que humeaba,
y echaron a correr.
Juan, el cochero,
aseguró que las dos mujeres vestidas de negro que trajo de la estación se
habían bajado en la casa de la bruja, y gentes que vivían cerca, dijeron que
las habían oído discutir hasta media noche. Quién sabe cómo sería el caso fue
que las dos viejas desaparecieron.
Nadie las vio salir
del pueblo en forma humana.
Cuando
supe esto, comprendí el por qué de tanta bruja en mi jacal. Las muy malvadas
estuvieron burlándose de mí mientras se llegaba la hora de ir a matar a su
compañera.
De
seguro que la quemaron porque les hacía sombra, pues nunca se había visto en el
pueblo otra bruja de más poder. Se llamaba Chona Miranda, pero la gente le puso
“La melga y media” porque era más larga y flaca que una garrocha.
Algunas gentes que la
temían, se alegraron de su muerte. Otras, aunque no lo decimos recio, guardamos
de ella buen recuerdo.
La
felicidad de mi hija se la debo a sus consejos. Mi yerno salió enamoradizo, y como
no hay hijos que lo engrían un día se largó con una mujer mala de las que viven
pasando el arroyo.
Mi
muchacha lloraba noche y día. No pude soportar aquello y fui a consultar con la
bruja.
Un viernes en la
noche, a las meras doce, me llevó a un cruce de caminos. Allí la vi volar y
convertirse en sombra. Me dijo que no tuviera miedo. Iba a llamar a otras
brujas para que le ayudaran a separar a mi yerno de los brazos de aquella
mujer. El asunto estaba difícil.
Pasé muchos miedos,
pero me aguanté. Vi cosas que no me atrevo a contar porque ella me amenazó con
la muerte si las divulgaba. Lo único que puedo decir es que amanecí en mi cama
y no supe cómo llegué.
Al día
siguiente me mandó llamar, y me dijo lo que tenía que hacer para que mi yerno
volviera. Necesitaba que fuera al panteón y le trajera la cruz de alguien a quien hubieran matado con arma blanca.
Hice lo
que me ordenó. Arranqué la cruz del difunto Jacinto Rocha, muerto a machetazos,
y se la llevé.
Le dio
una buena limpia con ramas de pirul, romero y hierba del chivato. Luego le
quemó incienso y le amarró dos listones negros empapados de aceite. Me dijo que
hiciera un pozo debajo de la cama de mi hija y enterrara la cruz. Nadie debía
darse cuenta.
Al
volver mi yerno la devolvería al panteón. Ese era el compromiso.
En pago
de ese favor me pidió un borrego negro para completar los trece. Le di el mejor
que tenía en el corral.
A los
pocos días regresó el perdido. Mi muchacha lo perdonó y desde entonces viven
felices.
Algunas
veces, al acostarme, oigo unos quejidos largos que salen del rincón donde ellos
duermen. Se muy bien que es la cruz del muerto que clama por su sepultura, pero
me hago la sorda.
Profa. Diana E. Mora Canchola